¿Los sueños afectan tu día a día?
¿Te has preguntado si tus sueños influyen en tu día a día? Una investigación de la Universidad de Notre Dame descubrió que los sueños tienen un efecto posterior en el estado anímico diurno. Recordar y dar significado a los sueños puede generar una sensación de asombro, mejorando el estado de ánimo, lo que se traduce en mayor productividad en el trabajo.
Luego de vencer a un dragón, aunque sea en un sueño, es normal que una persona experimente asombro; experiencia que puede incidir en el ánimo durante el resto del día. Esto le da otra dimensión a la frase “despertarse con el pie derecho”. Los sueños de triunfos, a pesar de su fugacidad, generan emociones que afecta positivamente nuestro desempeño en el trabajo u otros aspectos de nuestras vidas.
Esto me recuerda a La vida es sueño de Calderón. En esta historia el príncipe es encerrado en una torre (prisión), a causa del miedo a una profecía. Sin embargo, el rey termina lamentando su decisión y, entre sueños, transporta a Segismundo (su hijo) al palacio. Creyendo ser el heredero de la corona de Polonia, Segismundo se comporta de manera colérica y busca venganza. Todos piensan que si el príncipe asume el trono, se comportará como un tirano; así que, durante el sueño, es devuelto a la torre prisión. Aquel suceso afortunado de ser un príncipe rodeado de lujos, aunque “soñado”(pues cree que es un sueño), provoca en él un cambio de conducta y extingue sus ansias de venganza.
Los sueños desempeñan un papel importante en la gestión de las emociones. La experiencia de Rosegger ilustra cómo los sueños pueden influir en el día a día.
Gozo, en general, de un apacible reposo. Pero durante una larga época quedó perturbada la serenidad de mis noches por el resurgimiento de mi pasado de oficial de sastre, que venía a interrumpir, como un fantasma inexorable, mi modesta vida de estudiante y literato.
Este continuo retorno de mi pretérita actividad manual en mis sueños no podía ser atribuido a que su recuerdo ocupara vivamente mis pensamientos diurnos. Un ambicioso, que ha abandonado su piel de filisteo para escalar las alturas y hacerse un lugar en la sociedad, tiene otras cosas que hacer. Pero en esta época de lucha tampoco me preocupaban mis sueños. Sólo después, cuando me acostumbré a meditarlo todo, o quizá cuando el filisteo comenzó a resurgir algo en mí, fue cuando me di cuenta de que siempre que soñaba volvía a ser en mi sueño el antiguo oficial de sastre y que de este modo, llevaba ya mucho tiempo trabajando gratis por las noches para mi maestro. Mientras me veía a su lado, cosiendo o planchando, tenía, sin embargo, perfecta consciencia de que no era ya aquel mi lugar ni aquellas mis ocupaciones propias; pero siempre acababa por explicarme mi presencia allí alegando alguna causa racional; por ejemplo, la de que estaba en vacaciones o de veraneo y había ido al taller para ayudar un poco a mi maestro. Con frecuencia me inspiraba la tarea intenso desagrado, y lamentaba tener que perder en ella un tiempo que hubiera podido ocupar en cosas más útiles y gratas. Mientras tanto, tenía que aguantar, además, los regaños del maestro cuando una prenda no salía a su gusto. En cambio, no se hablaba jamás de remuneración ni salario algunos. Muchas veces, viéndome encorvado sobre la labor en el oscuro taller, me proponía dejar el trabajo y despedirme. En una ocasión llegué a hacerlo así; pero el maestro no se dio por enterado, y continué trabajando sin chistar.
¡Cuán bien venido era para mí el despertar después de aquellas largas horas de tedio! Pero en vano me proponía siempre rechazar lejos de mí, con toda energía, aquel inoportuno sueño cuando volviera a representarse, gritándole: No eres sino una vana fantasía… Sé que estoy en mi lecho y quiero dormir… La noche siguiente volvía a trasladarme al taller.
Así pasaron varios años, sin que nada cambiase. Pero una vez, hallándonos trabajando en casa de aquel labrador para el que di mis primeras puntadas de aprendiz, se mostró el maestro muy descontento de mi trabajo, y mirándome ceñudamente, me dijo: “Quisiera saber en qué estás pensando”. Al oír estas palabras, imaginé que lo más razonable sería abandonar mi sitio, decir al maestro que si estaba allí era únicamente por hacerle un favor ayudándole, y marcharme. Pero no lo hice, y consentí que el maestro tomase un aprendiz y me ordenase que le hiciera sitio en mi banco. Fui a sentarme en un rincón y seguí cosiendo. Aquel mismo día fue admitido otro oficial, que por cierto resultó ser aquel bohemio que había trabajado con nosotros diecinueve años antes y se cayó un día al arroyo yendo a la taberna. Cuando quiso sentarse no había ya sitio para él. Miré entonces interrogativamente al maestro, el cual me dijo: “No tienes habilidad ninguna para este oficio; puedes irte, estás despedido”. Tanto sobresalto me produjeron estas palabras, que desperté de mi sueño.
La luz del alba comenzaba a penetrar por las ventanas en mi sereno hogar. En torno mío, mis amadas obras de arte adornaban la habitación. En la biblioteca, elegantemente tallada, me esperaban el eterno Homero, el gigantesco Dante, el incomparable Shakespeare, el glorioso Goethe —todos los inmortales—. Desde la habitación vecina llegaban las vocecitas de mis hijos parloteando con su madre. Me parecía haber hallado de nuevo, después de mucho tiempo, esta vida apacible, idílica, tierna, luminosa y henchida de poesía en la que tantas veces he sentido profundamente toda la felicidad a que el hombre puede aspirar. Sin embargo, me desazonaba la idea de no haberme anticipado a mi maestro, dando así lugar a que me despidiera.
Pero ¡cosa singular!, desde aquella noche en que fui despedido gozo de completa tranquilidad y no sueño ya con mi lejano pasado de obrero manual, tan alegre en su falta de aspiraciones y que, sin embargo, ha proyectado después tan larga sombra sobre mi vida.